REFLEXIONES

#retovalentines

Resulta increíble lo que puedes llegar a encontrar cuando ordenas un armario… ¡o un canapé!  El otro día, sin ir más lejos, mis manos se encontraban en plena actividad recolocadora mientras mi cabeza daba vueltas al tema del  post de esta semana cuando, de repente, mis ojos localizaron una bolsa en un rincón que llamó mi atención. La cogí y miré en el interior.

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Su contenido estaba formado por lo siguiente: entradas de eventos culturales de diversa naturaleza, cartas ensobradas, tarjetas de felicitación de cumpleaños y algunas fotos. Lo mejor de todo es que algunos de estos documentos, databan del siglo pasado. Bueno, vale, el más antiguo -una entrada para el concierto de los BackStreet Boys en el Estadio de La Peineta (todos tenemos un pasado…)- estaba fechado en 1999 y, aunque sea por lo pelos, eso también es siglo XX.

Entre estos mementi di con uno que me vino como anillo al dedo para esta entrada, dadas las fechas en las que nos encontramos: mi primer poema de amor. 

Escribí esta poesía en febrero de 2003. Para poneros en antecedentes, en aquel momento yo me encontraba en Estados Unidos, concretamente en Boston. El año en el que sucedieron los atentados del 11-S (2001) solicité en mi universidad una beca para estudiar un curso de posgrado y a finales de agosto de 2002 crucé el charco. Pero, cosas de la vida, sucedió que en medio de todo aquel proceso (fin de carrera, examen de TOEFL, solicitud de beca, pasaporte y visado para estudiar y trabajar, vacunas, seguro médico, etc, etc.) Cupido hizo de las suyas y puso a alguien en mi camino. Esto sucedió en abril de 2002, cinco meses antes de que me subiera al avión que me llevaría al otro lado del Atlántico. Parece que fue tiempo suficiente porque volví a España en Navidad y seguíamos como si nunca me hubiese ido. Es lo que tiene hablar una hora (o más) diariamente por teléfono. Lo duro fue volver a la universidad en enero, sabiendo que hasta finales de mayo no volveríamos a vernos. 

Eso y el clima. Esa sensación térmica de -20ºC se ha quedado grabada a fuego (nótese el sarcasmo) en mi memoria. Salía del dorm con doble gorro y el frío se colaba igualmente hasta mi mismísimo cerebro. La crema de cara más espesa que me he dado en mi vida, parecía grasa de ballena, la utilicé allí (y aun así me salieron unas rojeces en la cara que ya quisiera Heidi).  Pasaban las semanas y la nieve no se derretía, se acumulaba y ganaba cada vez más inches de altura (hasta que llegó la primavera y aparecieron riachuelos en las calles…). Todo eso no evitaba que te encontraras a algún friki despistado con chanclas en el comedor… pero eso es otro tema.

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Dada la adversidad de las condiciones climatológicas, el campus de la universidad era una auténtica microciudad. Podías pasar meses sin salir de allí ni necesitar nada del exterior. Había cine, cafeterías, obras de teatro y musicales, múltiples actividades deportivas y de ocio, biblioteca (por supuesto), médico y hasta iglesia y su propia policía. Entre toda aquella oferta yo apunté a clases de italiano, que siempre me ha gustado. Un día, el Italian Club convocó un concurso de poesía, me presenté,… ¡y gané un premio!

Toda esta retahíla para contar que el primer poema de amor que escribí fue en la lengua de Dante y de Leonardo da Vinci, de la cuna del Imperio romano y de la pasta, entre otras muchas maravillas. No es ni mucho menos una gran composición pero aquel chico que la inspiró (el dei occhi più belli del mondo) no huyó aterrorizado al leerla, sino que años más tarde se convirtió en mi marido y padre de mis dos soles.

Si después de toda esta historia, te estás preguntando si podrás leer aquel escrito (o ás bien una transcripcion del mismo), la respuesta es SÍ, pero antes de eso, confiesa…

¿Guardas alguna carta que escribiste a un amor de juventud? ¿Y algún poema que alguien, tan locamente enamorado como para coger papel y boli, te envió para conquistarte?

Igual toca revolver el trastero, la buhardilla o el garaje en busca de esos tesoros… Pero sería bonito, ¿verdad? Mejor que el #10yearschallenge; una especie de  #retovalentines (que no #retoballantines, aunque una copita  igual podría ayudar a recordar, jaja) que nos haga rebuscar en nuestros amores del pasado y desempolvar recuerdos antes de que se conviertan en olvidos.

Y sin más dilaciones, os dejo aquí aquel humilde poema para mi valentines, de hace 16 años…

No existe nada como sentir

que los ojos más bonitos del mundo

te miran y te sonríen.

Los ojos más hermosos del mundo

no son grises ni azules.

Tampoco los más grandes;

pero son siempre tiernos y lindos

como las flores,

como no encontrarás otros

en toda la Tierra.

Los ojos más bonitos del mundo

lo dicen todo sin pronunciar palabra.

Son fieles y auténticos.

Están tristes cuando los míos lloran

y se alegran cuando los míos ríen.

Los ojos más bonitos del mundo

me siguen a un océano de distancia.

Me guardan, incluso, mientras duermo,

pues como las estrellas,

no me abandonan nunca.

No existe nada como navegar y perderse

en ellos, a la deriva,

en esos ojos tuyos,

que son mi cielo, en este mundo.

Muestra de sorpresa literaria que puedes encontrar cuando buscas cualquier otra cosa…
REFLEXIONES

La lista interminable

Dedicado a todos aquellos que se esfuerzan cada día por hacer realidad sus sueños y a los que trabajan para que otros puedan alcanzar los suyos.

Siempre anotando

Desde que puedo recordar tengo la costumbre de confeccionar listas de las cosas que debo hacer. No me refiero a los propósitos propios del inicio de año sino a los asuntos, más o menos relevantes, del día a día. Desconozco si éste es un hábito bueno o malo pues le encuentro tanto ventajas como inconvenientes. Por una parte, me permite descargar la mente de una cantidad considerable de datos y liberar espacio en mi memoria, lo que me produce un cierto sosiego. Pocas actividades me desestresan tanto como, nada más llegar a la oficina, anotar mis “pendientes” en el primer trozo de papel que me encuentro, quitándome de la cabeza los pensamientos que la han abarrotado durante el camino hacia el trabajo.

Por otra parte, apuntar cada una de las tareas también tiene desventajas. La primera es que la memoria se vuelve cada vez más vaga y cosa que yo no apunto, cosa que ella no recuerda. Otro punto negativo es que, a medida que pasa el tiempo y tacho los deberes realizados -acto que me produce una enorme satisfacción-, aparecen nuevos quehaceres
en escena en proporción tal que, al final, el resultado neto resulta ser mayor al de la lista inicial. Es decir, que por cada tema resuelto se añaden, por generación espontánea, nuevos encargos a la lista. En esto radica la gran contradicción propia de las listas; por un lado, te tranquilizan cuando compruebas lo que has hecho mientras que, por otro, te agobian cuando ves lo que aun te queda por hacer (y cómo no para de aumentar en un continuo goteo sin fin).

Con el tiempo he podido constatar que, efectivamente, los “pendientes” se reproducen como setas. Por tanto, no tiene sentido dedicar íntegramente las energías (que, al contrario que las obligaciones, son finitas) en tratar de acabar a toda costa y como sea, cada una de las tareas que conforman la lista. Yo lo he intentado en distintas ocasiones y sólo he obtenido a cambio agotamiento y frustración en mayores o menores dosis. Os preguntaréis, entonces, ¿qué se puede hacer al respecto?

Bueno, como para casi todo en esta vida, existen varias opciones. La más fácil y rápida sería dejar de elaborar listas. De esta forma nos limitaríamos a resolver lo más urgente y perentorio en lugar de prever o adelantar acontecimientos. Conozco algunas personas que lo hacen así y no les va mal pero, en general, cuentan a su alrededor con otros que desempeñan el papel de agenda o asistente personal, recordándoles cada mañana las prioridades de la jornada. Son como SIRI pero de carne y hueso (aunque más bien debería decir “somos” porque yo también asumo este rol a menudo y muy a mi pesar).

Recordando lo tuyo y lo de los demás…

Una segunda solución es la de delegar. Ahora bien, no es tan sencillo como podría parecer en un principio. Yo creo que algunas personas nacen con el don de saber delegar y lo ejercitan con maestría. Lo cierto es que delegar tiene su mérito pues supone decidir qué vas a hacer tú y determinar las tareas concretas de los demás, para lo cual es fundamental el convencimiento del “delegante” en que el delegado sabrá hacer, sin problemas y como ningún otro del grupo, la misión que le ha sido asignada. Todo ello no exime al delegante de supervisar todo el proceso y el resultado final ya que es él el responsable último de que éste sea el mejor posible.

La tercera opción -la teoría de la elección-  consiste en escoger, lo que tampoco es fácil. Suele ocurrir que, a veces, hay momentos en la vida en los que parece que no pasa nada, que te encuentras en un paréntesis de calma e inacción y, de repente, aparecen diversas posibilidades o ideas entre las cuales eres incapaz de elegir. Te vienes arriba y te dices a ti mismo que tienes que aprovechar la ocasión, que las oportunidades pasan una vez y no puedes desperdiciarlas. Pero lo cierto es que, si bien creo que podemos hacer “todo”, no creo que podamos hacerlo simultáneamente. De ahí el archipopular dicho de “cada cosa a su debido tiempo”.

Y a estas alturas del texto estaréis pensando que a santo de qué viene esta reflexión. Pues ésta se debe a que me encuentro en plena etapa creativa y no sé muy bien por cuál de las tres soluciones anteriores decantarme. Entre el trabajo y mis hijos apenas saco tiempo para leer o escribir. Después de muchos años sin hacer lo uno ni lo otro, he logrado empezar a escribir arrancándole horas al sueño y ahora mismo estoy en una encrucijada, resistiéndome a aplicar la última opción. Esta implicaría abandonar
la escritura por un tiempo, hasta que los peques sean mayores, sin saber cuántos años tendría que esperar ni si en un futuro próximo me necesitarán más o menos que ahora. Estoy segura de que hay mujeres en la misma situación que escriben, y mucho, pero yo, entre el blog, un curso que comienzo en breve y las redes sociales, voy hasta el cuello. ¿Cómo repartir este bien, tan escaso como valioso, entre todos ellos?

No sé si alguien tendrá la respuesta o si esa respuesta podría servirme a mí. Desde luego, el “ya tendrás tiempo, por ahora no te compliques la ya-de-por-sí-difícil existencia”, no me convence ni satisface. Porque cuando alguien dice eso parece que cuenta con información privilegiada. ¿Acaso tiene la certeza de que será así, de que en un futuro próximo dispondré del tiempo que necesito para dedicarme a lo que realmente me gusta? ¿Un futuro lleno de salud, donde nadie requerirá mi ayuda y en el que me quedarán ganas de retomar aquello que abandoné años atrás?

A falta de esa certeza, sólo me planteo continuar intentándolo, poco a poco, paso a paso, con listas o sin ellas porque únicamente el tiempo me dirá si podré o no continuar. “Ahora” es todo lo que tenemos y prefiero aprovecharlo, nunca sabes qué pasará mañana. Al fin y al cabo, como dijo John Lennon, la vida es lo que sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes –y en mi caso, añadiría, intentando acabar mi lista interminable-.

Mi lista interminable

MATERNIDAD, REFLEXIONES

Para gustos, arcoiris


– ¡Vamos, chicos! ¡A la mesa! –exclamo entrando en el salón con paso decidido . Si no empezamos con las cartas, no las acabaremos nunca.

Como era de esperar, los niños, sentados en el sofá con los ojos clavados en la pantalla de la tele, no se han inmutado lo más mínimo así que me pongo entre ellos y el aparato, me agacho a la altura de sus cabezas y repito en voz alta:
– ¿Me habéis oído? Os estoy hablando a vosotros .
– ¿Qué, Mami? –pregunta Darío sin pestañear.
– ¿Cómo que qué? Lo repito por tercera y última vez –digo con tono firme . O escribimos las cartas o no habrá regalos, ¿lo entendéis? ¿Oli? –pregunto acercándome un poco más a él. –Esta tarea es para los dos.

En vista de que mis palabras no producen el efecto deseado, de dos zancadas me planto junto a la caja tonta y la apago. Me adelanto a sus protestas y, antes de que abran la boca para quejarse, les prometo que “va a ser divertido”. A diferencia de otras ocasiones, esta vez no tienen escapatoria así que, a cámara lenta, se acercan a la mesa refunfuñando.

– Yo no quiero escribir la carta protesta Darío-. Son magos, ya saben lo que quiero sin que se lo diga.
– Bueno, hay muchos niños en el mundo. Ellos valoran el esfuerzo de cada uno y que les faciliten el trabajo. Es una tarea muy dura la que tienen por delante –explico de la manera más convincente posible.
– Pero Oli no sabe escribir. ¿Cómo va a hacer la carta?
– Ya lo he pensado. Yo voy a recortar las fotos del catálogo y él las pegará en su papel. Así los Reyes no se equivocarán.
– ¡Qué bien, Mami! ¡Yo quiero! –grita el peque cogiendo las tijeras infantiles en una mano y la revista de juguetes en la otra.
– Pues yo también quiero recortar –se queja Darío.
– Qué acabo de decir hace un momento? Los Reyes Magos valoran el esfuerzo de cada niño. Si tú, con seis años y sabiendo escribir, sólo recortas y pegas unas fotos, sabrán que no has hecho todo lo que puedes y no serán generosos.
– ¿Y tú no vas a escribir la tuya? -contraataca.
– Sí, pero ahora quiero ayudaros. ¿Nos ponemos manos a la obra o dejamos que pase otro día más sin hacer nada? Sólo faltan dos semanas y necesitan tiempo para prepararlo todo.
– ¡Vamos a hacerla, Mami! –responde el pequeño con entusiasmo. A ver,… yo quiero,… –murmura mirando atentamente una página.
– Muy bien, Oli. ¡Así me gusta! -animo yo mientras cojo un par de folios y los doblo por la mitad. Mirad, esta es la carátula. Tenemos que decorarla para que la carta quede bonita y destaque entre todas las de la saca. Y para conseguirlo podemos usar todo esto: pegatinas que brillan, pegamento con purpurina, sellos con tintas de distintos colores, gomets,… –enumero mientras coloco el material sobre la mesa.

Por el momento no hacen mucho caso a mi modesto despliegue. Están absortos, escudriñando las imágenes de sus respectivos catálogos, a la caza del juguete deseado. Darío, todavía enfadado, pasa veloz las páginas sin encontrar el apartado dedicado a los Legos. De repente, para, señala con el dedo a su “víctima” y levanta la vista, gritando:
– Yo quiero éste, el lego de policías en la montaña. ¡Me lo pido!
– ¿Estás seguro? Antes de escribirlo en la lista mira el resto, a ver si hay otro que te guste más.
– Éste es el que más me gusta –replica mientras coloca sobre la foto una pegatina redonda de color naranja, marcando así su presa.
– ¿Y tú, Oli? ¿Qué quieres pedir? A ti te gusta mucho la música, las luces, los mandos con botones,…
– Sí, quiero “pretar” botones –afirma con seguridad.
– …Y las pantallas. A ver en esta página qué encontramos.
– ¡Este, esteee! –exclama de sopetón, apretando su dedito con fuerza en el papel.
– ¿Qué es? Déjame que lo vea… ¡un tablet!
– Sí, sí, yo lo quiero. ¡Es de sumas!

Debajo del dedito veo la pequeña imagen de dos tablets infantiles; en realidad son el mismo modelo, en sus versiones rosa y azul. Sus propiedades son idénticas, pero en la foto, la pantalla del azul muestra una palabra mientras en la del rosa se ve una suma.

Preparando las cartas a los Reyes Magos


– Muy bien, Oli. Ahora recorto el azul y lo pegas en la carta.
– ¡Nooo!
– ¿Pero, no quieres el tablet? –pregunto sin comprender.
– El azul no, Mami. Quiero el rosa responde el peque.

En ese momento Daddy llega del trabajo y entra en el salón.

– Hooola, ¿cómo fue el día? –saluda acercándose a la mesa.
– Hola, Daddy –contesta Darío. –Estamos preparando las cartas a los Reyes Magos. Mira la mía. Me he pedido un Lego y también quiero esta caja de juegos de magia –comenta todo ilusionado mostrándole el catálogo.
– ¡Genial! Tiene muy buena pinta -comenta Daddy leyendo la descripción del juguete.
– ¡Y yo un tablet de sumas! –interviene Oli.
– Es una idea estu…
– ¡El rosa! exclama Oli interrumpiendo a Daddy, cuyas cejas se arquean en un gesto de sorpresa.
– ¿Rosa? ¿Por qué?
– Porque sí.
– ¿No lo prefieres azul?
– No, rosa.

Daddy y yo nos miramos. Darío sigue enfrascado recortando, pegando y escribiendo el nombre de cada juguete debajo de su foto. Parece que no se está enterando de la conversación pero, a la vista de su intervención, no se ha perdido detalle.

– Oli, ¿te gusta el rosa por las sumas? El azul también hace sumas; los dos hacen lo mismo aunque sean de distintos colores.
– Pero yo quiero el rosa –reitera, con toda su asertividad, el que cumplirá cuatro años el mismo día de Reyes . Me gusta el rosa, como a ti, Mami. ¿A que a ti también te gusta? –pregunta girando hacia mí su carita enmarcada por rizos dorados.

En menudo bosque nos estamos metiendo –pienso yo . A ver ahora cómo salgo de ésta. Con la cantidad de cartulinas, corazones y dibujos varios en rosa que me ha regalado y que yo le he agradecido hasta el infinito y más allá. Están por toda la casa: pegados en espejos, en puertas de armarios, sobre la mesilla,… hasta en la oficina. Porque a otra cosa no, pero a detallista y cariñoso, no hay quien le gane. Y si encima pone esos ojitos…

– Sí, cielo, claro que me gusta. Pero más para los dibujos que para los tablets –le digo en un intento de encajar cada pieza en su sitio.
– Pues a mí me gusta también para tablets.

En ese momento, con las tijeras en una mano y el catálogo en la otra, no sé muy bien por qué tablet decidirme así que recorto los dos y se los paso a Oli, que los pega con resolución en su carta.

– ¿Estás seguro, Oli? –pregunta Daddy en un último intento. A lo mejor los Reyes lo traen azul porque los rosas se lo darán primero a las niñas y si queda alguno, te lo darán ti.

Esta sí que es buena. Creo que mis ojos doblan ahora su tamaño habitual y apuntan a la cara de Oli, esperando su reacción. El pequeño frunce el ceño como si nunca hubiese escuchado una contrariedad semejante (y probablemente, así sea). O, bueno, pone la cara de un niño de “tres-años-casi-cuatro” que no entiende las cosas que dicen los locos mayores que le rodean. Se queda pensando su respuesta pero esta vez, se ha quedado sin palabras.

– Bueno, Oli, ¿qué otro juguete quieres? Puedes pedir algo más. Mira estas pizarras estupendas para aprender a dibujar –le sugiero.

– A ver, a ver, ¡quiero verlas! dice quitándome el catálogo y olvidándose del tablet.

Al menos hemos salido del bucle. Lo malo de insistir en una conversación con un niño es que al final cada parte se enfrasca en su discurso y se olvida de razonar. De eso, precisamente, me estaba dando cuenta: de que defender el color de un tablet infantil en función del sexo de su destinatario carece de fundamento lógico. Por eso Daddy y yo no éramos capaces de dar una explicación convincente a los niños, ni a nosotros mismos.

Fue así como aquel día comprobé que lo que teníamos era otra cosa, llamada prejuicio. Es curioso descubrir y comprobar que tienes uno cuya existencia desconocías. Sí, yo que siempre he pensado que es una tontería/cursilada que las niñas tengan todo rosa y los niños, azul, me percato, a estas alturas de la vida, de que nunca he comprado algo rosa para mis hijos u otro niño. Tal vez por este motivo, me chocaría mucho ver a Oli de acá para allá con un tablet fucsia o de tono chicle de fresa. Y todo esto sin entrar en lo que podrían pensar algunas personas de nuestro círculo cercano. Seguramente creerían que se trataba de un error que se podría subsanar en la tienda.

Dejamos pasar unos días sin tocar el tema. Cuando volvimos a preguntarle sobre sus preferencias, su predilección por el color rosa se había esfumado. Oli se decidió finalmente por el azul (después de haber querido uno naranja, al día siguiente, uno verde…). Pero estoy segura de que si Oli no hubiese cambiado de opinión,… (y porque:

  • El rosa es sólo un color más del arcoiris
  • No hay colores buenos ni malos y tampoco hay colores de niñas o de niños
  • Hubiese sido su elección
  • Y nosotros no podríamos verle triste por una razón ficticia y errónea),

…los Reyes Magos le habrían traído un tablet ROSA.

REFLEXIONES, VIDA DE ESCRITORA

“Because it´s beautiful”

A veces me pregunto por qué me he metido yo en todo esto, si servirán para algo las cosas que hago, es decir, para que alguien que no me conoce dedique una parte, pequeña pero parte al fin y al cabo, de su valiosa existencia a leer lo que escribo.

¿Para qué, después de haber revisado el texto como cien veces, contrato una corrección profesional? Hoy recibiré el resultado definitivo, el que (espero) pueda subir a Amazon. ¿Y una portada y maquetación nuevas? ¿Servirán de algo los banners y marcapáginas que están por llegar? Aun me entran escalofríos cuando pienso que aprovecharé estos días para elaborar un booktrailer… No lo he hecho en mi vida y me aterra el resultado pero una vocecita interior me dice que todo cuenta, y que algo ayudará. ¿Me estará engañando?

¿Para qué he creado una página de Face Book? ¡Hasta me he abierto una cuenta en Instagram! Yo, detractora de las redes sociales, ladronas sin escrúpulos de nuestro tiempo (bien preciadísimo y cada día más escaso), me veo ahora atrapada en la vorágine diaria de subir algo a este entramado tan complejo para mí. Y la idea de darme de alta en Twitter sigue pululando en mi cabeza, como su icónico pajarillo, permaneciendo estoicamente en mi lista interminable de temas pendientes; eso sí, con un interrogante detrás, pues no sé si podré mantener a esta familia numerosa de redes sociales…

Si hasta he creado un blog, ¡por Dios! ¿Cómo es posible si lo único que yo quería era escribir y publicar? Me da en la nariz que ahí se esconde la respuesta, en el “y publicar”. Porque para escribir no hace falta nada de lo anterior; que se lo digan a Cervantes, que encerrado en una celda, dio vida al andante caballero,  famoso en mundo entero. Va a ser eso lo que me falta, una celda, porque entretanto mundo digital se me diluye el tiempo para escribir como el azúcar en el café. Pero es que escribir es una cosa y publicar lo que escribes y que te lean, es otra (bien) diferente. Sobre este punto no puedo evitar que ciertos pensamientos un poco deprimentes invadan el buen rollo que tanto me cuesta mantener. Pensamientos como que en el ajetreo de la vida actual, existen más lecturas que lectores, tanto dentro como fuera de la blogesfera. Es mi opinión, pero creo que hay un exceso de oferta. ¿Cuántos libros tendríamos  que leer para que cada escritor tocara a un número aceptable de sus libros leídos? (Ya no digo comprados…). Bueno, que mi mente divaga y me estoy yendo por las ramas…

Hace unas semanas leí una entrada en el blog Simplemente MJ que me pareció simplemente genial. MJ, siento mucho no haberte escrito un comentario al respecto, pero qué te voy a contar que tú no sepas, no me da la vida… Me sentí identificada con lo que decías aunque no reflejada totalmente , pues yo todavía estoy lejos de alcanzar ese nivel de profesionalidad que tienen muchos compañeros escritores. Me refiero a posicionamiento del SEO, lista de mailing, número de seguidores,… yo acabo de empezar.

Para los que no la hayan leído, en esa entrada MJ se desahogaba contando que no podía cumplir todos los objetivos que se había marcado. He de señalar que estos eran muy ambiciosos: club de lectura, entradas de blog, NaNoWriMo, entre otras cosas. Todo esta presión estaba afectando a su motivación; seguramente el cansancio derivado de la falta de sueño no ayudaba nada, salvo para verlo todo más oscuro. Concluía la entrada reconociendo no ser una superwoman. Me hizo gracia la palabra porque justamente yo acababa de publicar un breve post con un título similar aunque relacionado con la maternidad. Y pocos días después leí un fragmento de la autora Chimamanda Ngozi, sobre lo mismo. Cuántas“no-superwomen” en tan breve espacio de tiempo.

Salvo algunos cruces en la red no conozco a MJ, pero leyendo aquel post la imagen que me dio es de persona perfeccionista y exigente consigo misma, probablemente demasiado… La cuestión es que al terminarlo me hubiese encantado tenerla a mi lado para mirarla y hacerle la pregunta que me hago yo prácticamente todos los días: ¿Por qué lo haces? Todos estos objetivos tienen un fin, pero ¿cuál es tu fin último? ¿Por qué un buen día empezaste todo esto y dejaste atrás la (más o menos) tranquila vida que tenías?

En mi caso, no sólo me lo pregunto yo. Tengo la buena o mala suerte de contar con gente a mi alrededor que me hacen estas mismas preguntas, por si a mí solita no se me hubiese ocurrido reflexionar sobre mi vida. Es lo que tienen las personas más cercanas a ti. No es extraño que quienes más te quieren no sean los que mejor te comprendan y cada vez que te da el bajón o tienes una mala semana/racha, intenten arreglarlo mostrándote el lío en el que te has metido libre y voluntariamente para que, de esa misma forma, puedas salir y regresar a tu vida anterior (la más tranquila, sin blog ni SEO, sin redes, etc). Digo todo esto, para los que no vivimos de escribir sino de otro trabajo al que le dedicamos un tercio o más de nuestro día a día.

Ante esta situación, me vienen a la cabeza algunas recomendaciones de Lizbeth Gilbert (seguramente os suene por su best-seller Come, Reza, Ama, pero aquí me estoy refiriendo otro libro suyo, Big Magic). Big Magic es un ensayo sobre la creatividad del ser humano y, en especial, sobre el ejercicio de esa creatividad mediante la escritura. Lo leí hace mucho tiempo pero las conclusiones que recuerdo a día de hoy son básicamente las siguientes:        1) Crear es una capacidad innata en el ser humano y por tanto, de una u otra forma, todos poseemos y, 2) que no tiene sentido dejar de crear por motivos ajenos a nosotros, como la aprobación de los demás, la falta de formación/educación superior, los múltiples miedos (a carecer de talento, a la falta de calidad, a no poder vivir de ello y creer entonces que no merecerá la pena) y una lista de excusas interminable como la historia de Ende. Respecto a la última, la de no poder vivir de escribir, me gustó su opinión de que es mejor no dedicarse en exclusiva y depender económicamente de ello, para poder definir tu propio estilo con plena libertad. En resumidas cuentas, lo que Liz aconseja es escribir (o pintar, cocinar, tejer, patinar, lo que sea que te ilusione) porque te gusta, y punto.

Glennon Doyle, íntima amiga de la anterior, es otra persona excepcional. Tuve la suerte de dar con dos libros suyos, LoveWarrior y Carry on, Warrior, y comprobar que coincidimos en muchas cosas; (en otras, como el orden y la alimentación, no :-)). Y ahora, le tomo “prestado” el título de uno de sus capítulos aunque el contenido difiera de lo que estamos tratando aquí. En aquel episodio, Glennon describe uno de los momentos en su vida cuando, casada, con tres hijos naturales, una enfermedad autoinmune y agotada, movió Roma con Santiago para adoptar un hijo. Hizo todo lo posible y lo imposible para cumplir su sueño, estuvo muy cerca de conseguirlo pero, por motivos relacionados con su vida pasada, finalmente no pudo ser. En ese capítulo, cuenta que mucha gente, cercana y no tan cercana, le preguntaba por qué sentía la necesidad de adoptar cuando tenía una preciosa familia y tres hijos maravillosos; por qué se esforzaba año tras año, probando en distintas agencias y países, con niños y niñas de todas las edades y con diversos problemas de salud, en traer un nuevo miembro a su familia, ya por entonces numerosa.

Esto mismo me pregunto yo cuando no consigo los objetivos marcados para esta nueva aventura en la que me he embarcado (que es escribir y que alguien lo lea). Y yo misma, dejando a un lado amigos y familia, blog, redes, SEO y fans, tomo la frase de la amiga Glennon y me respondo: “Because it´s beautiful”. Sí, porque es hermoso no sólo poner tus pensamientos e ideas por escrito, bien sea para desahogarte añadiendo dosis de humor a tu cruda realidad o bien para evadirte mediante la creación de vidas, personajes y mundos paralelos donde sucede lo que tú quieras. Esa parte es hermosa, sin duda. Pero para mí, donde realmente se produce la magia, es en la conexión con el lector, en lograr que cuando te lea se le encienda una chispa en su interior que le haga vibrar, sentir. A todos nos ha ocurrido alguna vez, con un libro,  una película o una canción. Esa sensación, no sólo de entender perfectamente al personaje, sino de escuchar nuestros sentimientos e ideas en su boca. Esta es la belleza que deseo alcanzar y, con esa esperanza, me siento a escribir siempre que mis circunstancias me lo permiten. Si llega el día en que esta búsqueda deja de ser un placer para transformarse en un suplicio, perderá su sentido.

Por eso, a todos los que en uno o en muchos momentos nos vemos asediados por la duda, el cansancio y la presión, muchas veces autoimpuesta, recomiendo que paremos un instante para preguntarnos el porqué de lo que estamos haciendo y escuchemos nuestra propia respuesta.

REFLEXIONES

Aprendiendo a desaprender…

tiburcio

“En aprender a pintar como los pintores del Renacimiento tardé unos años; pintar como los niños me llevó toda la vida.”
Me gusta vivir cada día con la convicción de que me acostaré habiendo aprendido algo nuevo. Este pensamiento me recarga y hace que comience el día con energía. Pero los pensamientos e ideas son sólo el comienzo; si no pasamos a la acción, se quedan sólo en eso. Lo sé porque he vivido mucho tiempo en ese impasse. Primero, sin saber exactamente qué quería hacer pero sintiendo que necesitaba hacer algo. Después, viendo sólo obstáculos y dificultades (falta de tiempo, de inspiración, de manejo de la tecnología y de las RRSS,…) y tras ellos, muchas dudas e inseguridad. Hasta que finalmente, un buen día, sin saber muy bien cómo ni porqué, empiezas a creer que aquello que deseas desde hace tanto tiempo, es posible. Posible, no fácil ni sencillo ni rápido. Tan simple y tan difícil a la vez como creer en algo como lo hacen los niños. Desterrando la palabra imposible, el “yo no puedo, no valgo, otros sí pero yo no…”.
Muchas veces, para poder aprender, los adultos necesitamos primero desaprender. Sí, necesitamos desprendernos de convicciones, prejuicios y limitaciones autoimpuestas que nos impiden dar ese primer paso, convencidos de que no podemos o no debemos hacerlo. Pero ¿y si sí podemos? ¿Y si -como dicen los pequeños- lo intentamos?
Ahora que he empezado con nuevos proyectos me encuentro ilusionada, como una niña que comienza un nuevo curso escolar. También abrumada ante todo lo que tengo que aprender de este nuevo mundo (universo, más bien) de la autopublicación. Con ganas de aprender y de hacerlo lo mejor posible pero sin miedo.
Mis mejores deseos y felicitaciones a tod@s los que habéis emprendido vuestro camino, el que os llena y os hace felices de verdad. Os deseo mucha suerte con vuestras obras y espero poder aprender, cada día, un poquito más de vosotr@s.
P.D.: La cita la he tomado prestada; es de Picasso.