DIARIO DE MAMI, REFLEXIONES

Como en casa

Aquella esbelta escalerilla por la que el librero ascendía hacia las alturas del saber

Parece increíble que siga en el mismo sitio de siempre, mirando al bulevar de majestuosos árboles que atraviesa el barrio de este a oeste, como si no pudiese abandonar esa bella estampa. Todavía recuerdo cuando siendo niña, hace ya tres décadas, cualquier excusa era buena para acercarme hasta allí y cruzar el umbral de su estrecha puerta de cristal. Un bolígrafo o un cuaderno se podían comprar en otros sitios pero ninguno mejor que la librería, que un buen día, poco después de que yo naciera, se instaló en el barrio, para quedarse.

Los recuerdos que guardo de ella son escasos pero aún conservo en mi memoria ciertos detalles, como el del sobrio mostrador, todo de madera que, enmarcado entre estanterías, se alzaba frente a la entrada y, detrás del cual siempre había alguna persona “mayor” (aunque por aquel entonces, todos eran “mayores” para mí).

La librería era como un templo de baldas que, como las vidrieras de una catedral, se elevaban desde el suelo hasta el mismísimo techo, sosteniendo sobre ellas el peso del conocimiento. Resultaba imposible encontrar en ellas un solo hueco, pues estaban repletas de libros, a veces colocados en varias filas, que si mal no recuerdo, se clasificaban por editoriales. Yo iba directa hacia el rincón donde descansaban mis colecciones preferidas: la de Alfaguara (pues era muy fan de El Pequeño Vampiro y estaba atenta para que no me faltara ningún ejemplar de la colección), y las series azul y naranja de El Barco de Vapor. Menos mal que, con buen tino, las obras infantiles se encontraban a una altura accesible para su público mientras que los géneros del público adulto se localizaban en las alturas. Cuando el cliente no podía alcanzar el ejemplar objeto de su deseo, el librero echaba mano de una esbelta escalerilla por la que ascendía entre las baldas en su particular escalada por las distintas ramas del saber. La destreza con la que desempeñaba dicha tarea me resultaba fascinante.

Al cumplir trece años nos cambiamos de casa y nos mudamos a otro barrio. No nos fuimos lejos pero no regresé a la librería. Tiempo más tarde, amplió su espacio adquiriendo el establecimiento de al lado y, entonces, aquel local de viejuno aspecto, sufrió una transformación radical. Ironía de la vida, mientras todos los que la conocimos desde su origen hemos envejecido, ella está más joven y moderna que nunca.

Parece mentira que siga con vida y en el mismo lugar que la vio nacer pero lo que no deja de sorprenderme es que hoy mi libro me salude desde el escaparate, junto al último Premio Planeta, mientras en la calle, mis hijos lo señalan con emoción y yo sonrío recordando tiempos pasados.

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