RELATO

Las Navidades de su vida

Aquel era el último día del año y aquellas, las peores Navidades de su vida. El anterior, recién cumplidos los nueve, había descubierto la Gran Verdad -o la Gran Mentira, según se mire- y su mundo de la infancia quedó al otro lado de una puerta que se cerró para no volverse a abrir. Lo peor era que ahora tenía que continuar por su hermano como si nada hubiese pasado; al pequeño Nico todavía le quedaban unos años de paraíso infantil. Por eso, a punto de caer la noche, allí estaba acompañándole a depositar sus cartas y saludar a sus Majestades de Oriente, mientras sus padres fotografiaban el acontecimiento a escasa distancia. Pero su tristeza no se debía aquel descubrimiento. Ese nuevo curso había traído consigo a Olivia, que desde el pasado 8 de septiembre había entrado en su joven corazón, para quedarse. Ahora, tres meses y pico más tarde, no tenía la menor duda de que ella era el amor de su vida.

Cuando le llegó su turno, se dirigió hacia Baltasar y le entregó su carta. El Rey Mago le miraba con una sonrisa paciente y benévola, como la de los bebés. Para su sorpresa, le guiñó un ojo al despedirse y le dijo bajito: “Nunca tengas miedo del amor”.

Cinco días más tarde tocaba Cabalgata. Bajo su gorra forrada se miraba los pies mientras daba saltitos para no congelarse. Y cuando levantó la vista, la vio. Olivia estaba a su lado, sonriéndole. De repente recordó las palabras de Baltasar y, con el corazón a cien, la saludó. Ella se acercó hasta él y sin dejar de sonreír metió la mano en su bolsillo y puso la cabeza sobre su hombro. Aquellas fueron las mejores Navidades de su vida.

PLANES CON PEQUES

El viaje de nuestros deseos

“Esto me recuerda al principio de Alicia en el País de las Maravillas”, pensé mientras descendíamos por aquella empinada escalera subterránea. Por fin, habíamos conseguido llegar hasta allí. Después de una espera de casi cien minutos en aquel frío y un tanto desangelado lugar, en el que se fundían todas las tonalidades posibles de gris (desde el cemento del suelo hasta plomizo del cielo pasando por las fachadas de los edificios), las puertas del lugar donde comienza la magia de la Navidad se abrieron para nosotros (nueve niños y once adultos).

Aquí comenzaba nuestra mágica aventura

Después de muchos escalones llegamos a un ancho pasillo donde un elfo, vestido con el uniforme de empleado de estación, nos estaba esperando. Cuando nos vio pegó un brinco, descorrió un enorme cortinaje y nos dio la bienvenida a aquel mágico lugar: el Departamento de Envíos Extraordinarios de Correos. Concretamente, a la estación de tren, punto de origen de esta mágica aventura.

El Jefe del Departamento salió a recibirnos e indicó a los niños que se dieran las manos para formar una cadena frente a la taquilla, donde el primer elfo se había metido. En cuestión de segundos ya estaba hecha. Entonces, la pequeña que encabezaba la fila debía posar su manita sobre una pantalla. Al instante se iluminó el mensaje “Niño/a bueno/a”. Perfecto, primera prueba superada.

El Jefe del Departamento nos guió hasta una pared de ladrillo, la golpeó con los nudillos y escuchamos una alegre voz femenina que nos autorizó el paso. De repente, el muro se dividió dejando un espacio por el que abandonamos la estación para adentrarnos en el Archivo de Cartas.

En el Archivo se guarda toooodas las cartas a Papá Noel y los Reyes Magos

Violeta, la dueña de aquella voz dulce, se aproximó a nosotros desde el fondo de la sala, rodeada de estanterías que iban desde el suelo hasta el techo. Nos explicó que en aquellos archivadores se guardaban tooodas las cartas escritas por nuestros antepasados a Papá Noel y a los Reyes Magos y nos aseguró que las nuestras también serían guardadas allí.

Cuando Violeta empezó a entonar una canción,… ¡no podíamos creer lo que veían nuestros ojos! Los archivadores comenzaron a moverse, entrando y saliendo de las estanterías, al ritmo de la melodía. Al terminar, nos despedimos de ella y del Archivo y pasamos a la Sala de Escritura.

En el centro de la estancia había varias esferas mágicas dispuestas sobre sus correspondientes pedestales alineados. Eran de cristal y contenían una hipnótica luz en su interior, en forma de rayos violetas. Tanto nos atraía su luz que hasta que la señorita que se encontraba en la sala mencionó a las manos escribanas, no nos percatamos de su existencia. Salían por unos agujeros de la pared, sujetando elegantes plumas para escribir.

Esferas de rayos

Esta señorita, que portaba con elegancia una enorme pamela a juego con su vestido, pidió a los niños que pusieran sus manos sobre aquellas esferas, cerraran los ojos, y se concentraran en los juguetes y deseos que querían pedir. Gracias a aquellos rayos, los deseos fueron transmitidos hasta las manos escribanas, que comenzaron a moverse enérgicamente, escribiendo las peticiones infantiles con tinta mágica, invisible para los ojos humanos pero no para los élficos.

Las manos escribanas

Un par de minutos más tarde las manos pararon y, tras un breve silencio, las cartas, correctamente ensobradas, cayeron a las pequeñas bandejas inferiores que se encontraban debajo cada mano. A continuación la señorita de la gran pamela nos acompañó hasta la puerta, y se despidió de nosotros, que entramos en la siguiente sala.

La Nariz Maestra y sus preciados perfumes

Ante nosotros se encontraba la Nariz Maestra, un elfo poseedor de una capacidad extraordinaria para identificar olores. Nos enseñó los más especiales, aquellos que guardaba como tesoros en preciosos frascos perfectamente colocados en una estantería. De entre ellos, eligió uno que contenía la fragancia de lágrimas de sirena (lágrimas de reír, como rápidamente nos aclaró). Dispuso una gotita de esta fragancia en cada uno de los sobres que le acercaron los niños.

Las cartas perfumadas sobre la cinta transportadora

A continuación, siguiendo las instrucciones de la Nariz Maestra, cada uno colocó ordenadamente su carta perfumada sobre una cinta transportadora. La Nariz Mágica encendió la cinta, que se puso en movimiento llevándose las cartas.

Nos despedimos de la Nariz Maestra y cruzamos un oscuro túnel en cuyo final se dislumbraban unos abetos gigantes, enteramente decorados con diminutas luces blancas y bolas plateadas. Estábamos en el Bosque Mágico.

En el Bosque Mágico

Salieron a nuestro encuentro un par de elfos que ¡tenían nuestras cartas! Menos mal, porque nos dijeron que las cartas no llegarían a su destino si les faltaba el sello élfico que tenían en sus manos. Pasaron los sellos a los pequeños para que todos pudieran sellar su carta e introducirla en el gran buzón que estaba allí.

Buscando las cartas con el iluscopio

Un poquito más adelante se encontraban cuatro telescopios muy especiales llamados iluscopios. Estaban dispuestos en distintas alturas para que los niños de todas las edades y tamaños pudieran ver con sus propios ojos el viaje de las cartas que acababan de echar al buzón.

Salimos del Bosque Mágico y entramos en la última estancia, la de la Esfera de los deseos.

Al fondo de esta sala podíamos ver una bola de cristal tan inmensa que llegaba hasta el techo. Dentro de ella, había algo parecido a polvo de nieve, que volaba en su interior dando vueltas a la velocidad del viento. Macario, el elfo centenario, nos llevó hasta el gran elfo, que nos explicó que aquello era el polvo de los deseos que habían sido escritos en las cartas. Desde allí viajarían hasta Papá Noel y los Reyes Magos.

El gran elfo y su becario centenario

Para que también nuestros deseos se convirtieran en polvo y entraran en esa esfera de dimensiones increíbles debíamos soplar. Y eso hicimos. Soplamos fuerte, fuerte, muy fuerte hasta que nuestras cartas y las ilusiones que contenían se transformaron por arte de magia en polvo y viajaron así hasta Laponia y Oriente.

Para todos los que queráis disfrutar de esta experiencia mágica que te transportará a la ilusión de las navidades de nuestra infancia, no dudéis en acercaros al Departamento de Envíos Extraordinarios de Correos. ¡No os arrepentiréis!

https://www.departamentodeenviosextraordinarios.es/

MATERNIDAD, REFLEXIONES

Para gustos, arcoiris


– ¡Vamos, chicos! ¡A la mesa! –exclamo entrando en el salón con paso decidido . Si no empezamos con las cartas, no las acabaremos nunca.

Como era de esperar, los niños, sentados en el sofá con los ojos clavados en la pantalla de la tele, no se han inmutado lo más mínimo así que me pongo entre ellos y el aparato, me agacho a la altura de sus cabezas y repito en voz alta:
– ¿Me habéis oído? Os estoy hablando a vosotros .
– ¿Qué, Mami? –pregunta Darío sin pestañear.
– ¿Cómo que qué? Lo repito por tercera y última vez –digo con tono firme . O escribimos las cartas o no habrá regalos, ¿lo entendéis? ¿Oli? –pregunto acercándome un poco más a él. –Esta tarea es para los dos.

En vista de que mis palabras no producen el efecto deseado, de dos zancadas me planto junto a la caja tonta y la apago. Me adelanto a sus protestas y, antes de que abran la boca para quejarse, les prometo que “va a ser divertido”. A diferencia de otras ocasiones, esta vez no tienen escapatoria así que, a cámara lenta, se acercan a la mesa refunfuñando.

– Yo no quiero escribir la carta protesta Darío-. Son magos, ya saben lo que quiero sin que se lo diga.
– Bueno, hay muchos niños en el mundo. Ellos valoran el esfuerzo de cada uno y que les faciliten el trabajo. Es una tarea muy dura la que tienen por delante –explico de la manera más convincente posible.
– Pero Oli no sabe escribir. ¿Cómo va a hacer la carta?
– Ya lo he pensado. Yo voy a recortar las fotos del catálogo y él las pegará en su papel. Así los Reyes no se equivocarán.
– ¡Qué bien, Mami! ¡Yo quiero! –grita el peque cogiendo las tijeras infantiles en una mano y la revista de juguetes en la otra.
– Pues yo también quiero recortar –se queja Darío.
– Qué acabo de decir hace un momento? Los Reyes Magos valoran el esfuerzo de cada niño. Si tú, con seis años y sabiendo escribir, sólo recortas y pegas unas fotos, sabrán que no has hecho todo lo que puedes y no serán generosos.
– ¿Y tú no vas a escribir la tuya? -contraataca.
– Sí, pero ahora quiero ayudaros. ¿Nos ponemos manos a la obra o dejamos que pase otro día más sin hacer nada? Sólo faltan dos semanas y necesitan tiempo para prepararlo todo.
– ¡Vamos a hacerla, Mami! –responde el pequeño con entusiasmo. A ver,… yo quiero,… –murmura mirando atentamente una página.
– Muy bien, Oli. ¡Así me gusta! -animo yo mientras cojo un par de folios y los doblo por la mitad. Mirad, esta es la carátula. Tenemos que decorarla para que la carta quede bonita y destaque entre todas las de la saca. Y para conseguirlo podemos usar todo esto: pegatinas que brillan, pegamento con purpurina, sellos con tintas de distintos colores, gomets,… –enumero mientras coloco el material sobre la mesa.

Por el momento no hacen mucho caso a mi modesto despliegue. Están absortos, escudriñando las imágenes de sus respectivos catálogos, a la caza del juguete deseado. Darío, todavía enfadado, pasa veloz las páginas sin encontrar el apartado dedicado a los Legos. De repente, para, señala con el dedo a su “víctima” y levanta la vista, gritando:
– Yo quiero éste, el lego de policías en la montaña. ¡Me lo pido!
– ¿Estás seguro? Antes de escribirlo en la lista mira el resto, a ver si hay otro que te guste más.
– Éste es el que más me gusta –replica mientras coloca sobre la foto una pegatina redonda de color naranja, marcando así su presa.
– ¿Y tú, Oli? ¿Qué quieres pedir? A ti te gusta mucho la música, las luces, los mandos con botones,…
– Sí, quiero “pretar” botones –afirma con seguridad.
– …Y las pantallas. A ver en esta página qué encontramos.
– ¡Este, esteee! –exclama de sopetón, apretando su dedito con fuerza en el papel.
– ¿Qué es? Déjame que lo vea… ¡un tablet!
– Sí, sí, yo lo quiero. ¡Es de sumas!

Debajo del dedito veo la pequeña imagen de dos tablets infantiles; en realidad son el mismo modelo, en sus versiones rosa y azul. Sus propiedades son idénticas, pero en la foto, la pantalla del azul muestra una palabra mientras en la del rosa se ve una suma.

Preparando las cartas a los Reyes Magos


– Muy bien, Oli. Ahora recorto el azul y lo pegas en la carta.
– ¡Nooo!
– ¿Pero, no quieres el tablet? –pregunto sin comprender.
– El azul no, Mami. Quiero el rosa responde el peque.

En ese momento Daddy llega del trabajo y entra en el salón.

– Hooola, ¿cómo fue el día? –saluda acercándose a la mesa.
– Hola, Daddy –contesta Darío. –Estamos preparando las cartas a los Reyes Magos. Mira la mía. Me he pedido un Lego y también quiero esta caja de juegos de magia –comenta todo ilusionado mostrándole el catálogo.
– ¡Genial! Tiene muy buena pinta -comenta Daddy leyendo la descripción del juguete.
– ¡Y yo un tablet de sumas! –interviene Oli.
– Es una idea estu…
– ¡El rosa! exclama Oli interrumpiendo a Daddy, cuyas cejas se arquean en un gesto de sorpresa.
– ¿Rosa? ¿Por qué?
– Porque sí.
– ¿No lo prefieres azul?
– No, rosa.

Daddy y yo nos miramos. Darío sigue enfrascado recortando, pegando y escribiendo el nombre de cada juguete debajo de su foto. Parece que no se está enterando de la conversación pero, a la vista de su intervención, no se ha perdido detalle.

– Oli, ¿te gusta el rosa por las sumas? El azul también hace sumas; los dos hacen lo mismo aunque sean de distintos colores.
– Pero yo quiero el rosa –reitera, con toda su asertividad, el que cumplirá cuatro años el mismo día de Reyes . Me gusta el rosa, como a ti, Mami. ¿A que a ti también te gusta? –pregunta girando hacia mí su carita enmarcada por rizos dorados.

En menudo bosque nos estamos metiendo –pienso yo . A ver ahora cómo salgo de ésta. Con la cantidad de cartulinas, corazones y dibujos varios en rosa que me ha regalado y que yo le he agradecido hasta el infinito y más allá. Están por toda la casa: pegados en espejos, en puertas de armarios, sobre la mesilla,… hasta en la oficina. Porque a otra cosa no, pero a detallista y cariñoso, no hay quien le gane. Y si encima pone esos ojitos…

– Sí, cielo, claro que me gusta. Pero más para los dibujos que para los tablets –le digo en un intento de encajar cada pieza en su sitio.
– Pues a mí me gusta también para tablets.

En ese momento, con las tijeras en una mano y el catálogo en la otra, no sé muy bien por qué tablet decidirme así que recorto los dos y se los paso a Oli, que los pega con resolución en su carta.

– ¿Estás seguro, Oli? –pregunta Daddy en un último intento. A lo mejor los Reyes lo traen azul porque los rosas se lo darán primero a las niñas y si queda alguno, te lo darán ti.

Esta sí que es buena. Creo que mis ojos doblan ahora su tamaño habitual y apuntan a la cara de Oli, esperando su reacción. El pequeño frunce el ceño como si nunca hubiese escuchado una contrariedad semejante (y probablemente, así sea). O, bueno, pone la cara de un niño de “tres-años-casi-cuatro” que no entiende las cosas que dicen los locos mayores que le rodean. Se queda pensando su respuesta pero esta vez, se ha quedado sin palabras.

– Bueno, Oli, ¿qué otro juguete quieres? Puedes pedir algo más. Mira estas pizarras estupendas para aprender a dibujar –le sugiero.

– A ver, a ver, ¡quiero verlas! dice quitándome el catálogo y olvidándose del tablet.

Al menos hemos salido del bucle. Lo malo de insistir en una conversación con un niño es que al final cada parte se enfrasca en su discurso y se olvida de razonar. De eso, precisamente, me estaba dando cuenta: de que defender el color de un tablet infantil en función del sexo de su destinatario carece de fundamento lógico. Por eso Daddy y yo no éramos capaces de dar una explicación convincente a los niños, ni a nosotros mismos.

Fue así como aquel día comprobé que lo que teníamos era otra cosa, llamada prejuicio. Es curioso descubrir y comprobar que tienes uno cuya existencia desconocías. Sí, yo que siempre he pensado que es una tontería/cursilada que las niñas tengan todo rosa y los niños, azul, me percato, a estas alturas de la vida, de que nunca he comprado algo rosa para mis hijos u otro niño. Tal vez por este motivo, me chocaría mucho ver a Oli de acá para allá con un tablet fucsia o de tono chicle de fresa. Y todo esto sin entrar en lo que podrían pensar algunas personas de nuestro círculo cercano. Seguramente creerían que se trataba de un error que se podría subsanar en la tienda.

Dejamos pasar unos días sin tocar el tema. Cuando volvimos a preguntarle sobre sus preferencias, su predilección por el color rosa se había esfumado. Oli se decidió finalmente por el azul (después de haber querido uno naranja, al día siguiente, uno verde…). Pero estoy segura de que si Oli no hubiese cambiado de opinión,… (y porque:

  • El rosa es sólo un color más del arcoiris
  • No hay colores buenos ni malos y tampoco hay colores de niñas o de niños
  • Hubiese sido su elección
  • Y nosotros no podríamos verle triste por una razón ficticia y errónea),

…los Reyes Magos le habrían traído un tablet ROSA.

REFLEXIONES, VIDA DE ESCRITORA

“Because it´s beautiful”

A veces me pregunto por qué me he metido yo en todo esto, si servirán para algo las cosas que hago, es decir, para que alguien que no me conoce dedique una parte, pequeña pero parte al fin y al cabo, de su valiosa existencia a leer lo que escribo.

¿Para qué, después de haber revisado el texto como cien veces, contrato una corrección profesional? Hoy recibiré el resultado definitivo, el que (espero) pueda subir a Amazon. ¿Y una portada y maquetación nuevas? ¿Servirán de algo los banners y marcapáginas que están por llegar? Aun me entran escalofríos cuando pienso que aprovecharé estos días para elaborar un booktrailer… No lo he hecho en mi vida y me aterra el resultado pero una vocecita interior me dice que todo cuenta, y que algo ayudará. ¿Me estará engañando?

¿Para qué he creado una página de Face Book? ¡Hasta me he abierto una cuenta en Instagram! Yo, detractora de las redes sociales, ladronas sin escrúpulos de nuestro tiempo (bien preciadísimo y cada día más escaso), me veo ahora atrapada en la vorágine diaria de subir algo a este entramado tan complejo para mí. Y la idea de darme de alta en Twitter sigue pululando en mi cabeza, como su icónico pajarillo, permaneciendo estoicamente en mi lista interminable de temas pendientes; eso sí, con un interrogante detrás, pues no sé si podré mantener a esta familia numerosa de redes sociales…

Si hasta he creado un blog, ¡por Dios! ¿Cómo es posible si lo único que yo quería era escribir y publicar? Me da en la nariz que ahí se esconde la respuesta, en el “y publicar”. Porque para escribir no hace falta nada de lo anterior; que se lo digan a Cervantes, que encerrado en una celda, dio vida al andante caballero,  famoso en mundo entero. Va a ser eso lo que me falta, una celda, porque entretanto mundo digital se me diluye el tiempo para escribir como el azúcar en el café. Pero es que escribir es una cosa y publicar lo que escribes y que te lean, es otra (bien) diferente. Sobre este punto no puedo evitar que ciertos pensamientos un poco deprimentes invadan el buen rollo que tanto me cuesta mantener. Pensamientos como que en el ajetreo de la vida actual, existen más lecturas que lectores, tanto dentro como fuera de la blogesfera. Es mi opinión, pero creo que hay un exceso de oferta. ¿Cuántos libros tendríamos  que leer para que cada escritor tocara a un número aceptable de sus libros leídos? (Ya no digo comprados…). Bueno, que mi mente divaga y me estoy yendo por las ramas…

Hace unas semanas leí una entrada en el blog Simplemente MJ que me pareció simplemente genial. MJ, siento mucho no haberte escrito un comentario al respecto, pero qué te voy a contar que tú no sepas, no me da la vida… Me sentí identificada con lo que decías aunque no reflejada totalmente , pues yo todavía estoy lejos de alcanzar ese nivel de profesionalidad que tienen muchos compañeros escritores. Me refiero a posicionamiento del SEO, lista de mailing, número de seguidores,… yo acabo de empezar.

Para los que no la hayan leído, en esa entrada MJ se desahogaba contando que no podía cumplir todos los objetivos que se había marcado. He de señalar que estos eran muy ambiciosos: club de lectura, entradas de blog, NaNoWriMo, entre otras cosas. Todo esta presión estaba afectando a su motivación; seguramente el cansancio derivado de la falta de sueño no ayudaba nada, salvo para verlo todo más oscuro. Concluía la entrada reconociendo no ser una superwoman. Me hizo gracia la palabra porque justamente yo acababa de publicar un breve post con un título similar aunque relacionado con la maternidad. Y pocos días después leí un fragmento de la autora Chimamanda Ngozi, sobre lo mismo. Cuántas“no-superwomen” en tan breve espacio de tiempo.

Salvo algunos cruces en la red no conozco a MJ, pero leyendo aquel post la imagen que me dio es de persona perfeccionista y exigente consigo misma, probablemente demasiado… La cuestión es que al terminarlo me hubiese encantado tenerla a mi lado para mirarla y hacerle la pregunta que me hago yo prácticamente todos los días: ¿Por qué lo haces? Todos estos objetivos tienen un fin, pero ¿cuál es tu fin último? ¿Por qué un buen día empezaste todo esto y dejaste atrás la (más o menos) tranquila vida que tenías?

En mi caso, no sólo me lo pregunto yo. Tengo la buena o mala suerte de contar con gente a mi alrededor que me hacen estas mismas preguntas, por si a mí solita no se me hubiese ocurrido reflexionar sobre mi vida. Es lo que tienen las personas más cercanas a ti. No es extraño que quienes más te quieren no sean los que mejor te comprendan y cada vez que te da el bajón o tienes una mala semana/racha, intenten arreglarlo mostrándote el lío en el que te has metido libre y voluntariamente para que, de esa misma forma, puedas salir y regresar a tu vida anterior (la más tranquila, sin blog ni SEO, sin redes, etc). Digo todo esto, para los que no vivimos de escribir sino de otro trabajo al que le dedicamos un tercio o más de nuestro día a día.

Ante esta situación, me vienen a la cabeza algunas recomendaciones de Lizbeth Gilbert (seguramente os suene por su best-seller Come, Reza, Ama, pero aquí me estoy refiriendo otro libro suyo, Big Magic). Big Magic es un ensayo sobre la creatividad del ser humano y, en especial, sobre el ejercicio de esa creatividad mediante la escritura. Lo leí hace mucho tiempo pero las conclusiones que recuerdo a día de hoy son básicamente las siguientes:        1) Crear es una capacidad innata en el ser humano y por tanto, de una u otra forma, todos poseemos y, 2) que no tiene sentido dejar de crear por motivos ajenos a nosotros, como la aprobación de los demás, la falta de formación/educación superior, los múltiples miedos (a carecer de talento, a la falta de calidad, a no poder vivir de ello y creer entonces que no merecerá la pena) y una lista de excusas interminable como la historia de Ende. Respecto a la última, la de no poder vivir de escribir, me gustó su opinión de que es mejor no dedicarse en exclusiva y depender económicamente de ello, para poder definir tu propio estilo con plena libertad. En resumidas cuentas, lo que Liz aconseja es escribir (o pintar, cocinar, tejer, patinar, lo que sea que te ilusione) porque te gusta, y punto.

Glennon Doyle, íntima amiga de la anterior, es otra persona excepcional. Tuve la suerte de dar con dos libros suyos, LoveWarrior y Carry on, Warrior, y comprobar que coincidimos en muchas cosas; (en otras, como el orden y la alimentación, no :-)). Y ahora, le tomo “prestado” el título de uno de sus capítulos aunque el contenido difiera de lo que estamos tratando aquí. En aquel episodio, Glennon describe uno de los momentos en su vida cuando, casada, con tres hijos naturales, una enfermedad autoinmune y agotada, movió Roma con Santiago para adoptar un hijo. Hizo todo lo posible y lo imposible para cumplir su sueño, estuvo muy cerca de conseguirlo pero, por motivos relacionados con su vida pasada, finalmente no pudo ser. En ese capítulo, cuenta que mucha gente, cercana y no tan cercana, le preguntaba por qué sentía la necesidad de adoptar cuando tenía una preciosa familia y tres hijos maravillosos; por qué se esforzaba año tras año, probando en distintas agencias y países, con niños y niñas de todas las edades y con diversos problemas de salud, en traer un nuevo miembro a su familia, ya por entonces numerosa.

Esto mismo me pregunto yo cuando no consigo los objetivos marcados para esta nueva aventura en la que me he embarcado (que es escribir y que alguien lo lea). Y yo misma, dejando a un lado amigos y familia, blog, redes, SEO y fans, tomo la frase de la amiga Glennon y me respondo: “Because it´s beautiful”. Sí, porque es hermoso no sólo poner tus pensamientos e ideas por escrito, bien sea para desahogarte añadiendo dosis de humor a tu cruda realidad o bien para evadirte mediante la creación de vidas, personajes y mundos paralelos donde sucede lo que tú quieras. Esa parte es hermosa, sin duda. Pero para mí, donde realmente se produce la magia, es en la conexión con el lector, en lograr que cuando te lea se le encienda una chispa en su interior que le haga vibrar, sentir. A todos nos ha ocurrido alguna vez, con un libro,  una película o una canción. Esa sensación, no sólo de entender perfectamente al personaje, sino de escuchar nuestros sentimientos e ideas en su boca. Esta es la belleza que deseo alcanzar y, con esa esperanza, me siento a escribir siempre que mis circunstancias me lo permiten. Si llega el día en que esta búsqueda deja de ser un placer para transformarse en un suplicio, perderá su sentido.

Por eso, a todos los que en uno o en muchos momentos nos vemos asediados por la duda, el cansancio y la presión, muchas veces autoimpuesta, recomiendo que paremos un instante para preguntarnos el porqué de lo que estamos haciendo y escuchemos nuestra propia respuesta.