RELATO

Dulces mortales

En la parada del autobús, bajo la luz de la farola,  Olivia esperaba la llegada de sus amigas. Su mechón teñido de rosa asomaba bajo el picudo sombrero, iba perfecta con la escoba en una mano y el móvil en la otra. Era la noche de Halloween y el plan era recorrer, como cada año, las casas del barrio, a ver quién de las cuatro conseguía más dulces. Para sus amigas aquella noche era especialmente divertida, lo pasaban bomba llamando a las puertas del vecindario, gritando “¡truco o trato!” como locas y acumulando un sinfín de golosinas en sus bolsas con forma de calabaza o de caldero “brujeril”.

Para ella, no existía suplicio mayor en la faz de la Tierra. Nadie podía imaginar los esfuerzos que tendría que hacer para no dar rienda suelta a sus instintos y mantenerlos controlados, a buen recaudo, bajo su disfraz. Entre el gentío cargado de azúcar, aguantando ese olor afrutado y dulzón impregnado en el aire hasta hacerlo irrespirable, persiguiéndola donde quiera que fuera, sin escapatoria posible… Esa mezcla de aromas le hervía la sangre. Demasiada tentación para su frágil voluntad. No sabía si esta noche podría resistirlo pero estaba segura que de no hacerlo, las consecuencias serían trágicas. Así que le tocaba ser, una vez más, todo lo fuerte que le fuera posible.

La semana antes de la fecha señalada había empezado a pensar en alguna estrategia para que la velada no terminase siendo fatídica. Unas gotas de perfume bajo la nariz podrían camuflar el atractivo aroma que era su perdición. O podría proponer a sus amigas poner algo de música en el móvil para centrarse en las melodías y alejar los pensamientos de su pituitaria… De momento se había perfumado en abundancia, llevaba el frasquito a mano por si necesitaba refuerzos y el móvil con la batería completamente cargada. Por si todo aquello fallaba, siempre podría pensar en él. Cuando lo hacía, se abstraía de su alrededor, encapsulándose en su propia burbuja cual esfera rosada de un cuadro de El Bosco. Ya no veía, escuchaba ni olía nada más. Sí, podía contar con que ese recurso era el más eficaz contra su acuciante problema.

Llegaron sus amigas, le preguntaron por su perfume (que tanto les gustaba), les pareció estupendo poner música en el móvil, y en conclusión, el circuito de casa en casa fue… ¡intensamente insoportable! Cuando creía que ya no podría resistir más, su mente comenzó a fabricar una excusa más o menos aceptable para abandonar el plan y volver a casa lo más rápido que le permitieran sus piernas. Tenía que llegar antes de cometer cualquier acto irremediable. Fue entonces cuando llamaron al timbre de los nuevos inquilinos del vecindario. Un hombre les abrió la puerta. A su lado, su esposa. Las dos sonrisas con las dentaduras más perfectas que había visto en su vida. Y por fin pudo olvidarse del perfume, del Spotify y del chico de sus sueños y respirar a pleno pulmón… ¡Aleluya! Chucherías sin azúcar en casa del dentista. Afortunadamente, aquella noche la brujilla diabética también tuvo un hueco seguro entre los dulces.

la bruji

DIARIO DE MAMI

Con “p” de pizza

pizza slice
Photo by Brett Jordan on Pexels.com

 

Es viernes por la noche y, como todos los viernes, hay pizza casera para cenar. Todavía está cociéndose en el horno. Mejor tres minutos de más que de menos, que si no, queda la base poco hecha, y blandita no está tan buena (…)

Veinte minutos más tarde, estamos en el salón, dispuestos a hincarle el diente a nuestras deliciosas porciones de pizza.

—Mami, a Oli no le gusta la pizza—me recrimina Darío.

—¡Sí me gusta! —manifiesta el pequeño en su defensa.

—No, no te gusta. Mira, estás quitándolo todo.

Darío observa el plato de su hermano y señala con su dedo acusador las verduritas apartadas en el borde, al tiempo que da un buen mordisco al trozo de pizza que sujeta en la otra mano.

—Mami, Oli está quitando la cebolla, las aceitunas y el pimiento… ¡Cómete el pimiento, Oli! A ver, ¿por qué no te lo comes? Y no digas que no te gusta, porque si no lo has probado nunca, ¿cómo lo vas a saber?

—¡Mira, un dinosaurio! —responde Oli, saliéndose por la tangente, y engulle un “selecto” trozo de masa con tomate y dos pequeños granos de maíz.

—Oli no come verduras, Mami—deduce Darío, dispuesto a continuar con su charla instructiva sobre la dieta mediterránea—. El pimiento es una verdura, la cebolla también es verdura, pero el maíz no, Oli. ¡El maíz es un cereal!

—Muy bien, Darío. ¡Cuánto sabes, hijo!—digo yo, y le animo a seguir con su cena.

—Y la pizza es, la pizza es…—dice el pequeño Oli, preparando su alegato final—. Es… ¡¡pizza!!—concluye a pleno pulmón, resolviendo, de una vez por todas, la controversia.

Pues eso, simple y conciso: al pan, pan, y a la pizza

(Extracto de Diario de Mami)

 

 

MATERNIDAD

No soy una superwoman

Esta mañana me he despertado con una grata sorpresa. Una amiga mía me citaba en respuesta a la pregunta de una madre que, a través de un grupo de Facebook, solicitaba la ayuda de algún bruj@ para poder hacer todo lo que normalmente se (auto)exige una madre en 24 horas y no morir en el intento. Esto me ha hecho reflexionar y compartir lo que yo pienso al respecto, según mi experiencia con dos hijos y seis años de maternidad.

Más quisiera yo tener la fórmula mágica… Los milagros existen, pero son de otro tipo. Se producen cada día y muchas veces los damos por sentado y no los valoramos lo suficiente. Entre ellos está lograr un embarazo, tener un parto sin problemas, ver crecer a nuestros hijos… En lo que no creo es en la idea de “superwoman”, aquella que lo mismo es madre, esposa y ama de casa perfecta que excelente profesional y además siempre tiene energía, sonríe y nunca se queja de nada. Eso, de verdad, creo que no existe. Y no porque las mujeres seamos incapaces de ello sino porque ningún ser humano es inagotable ni puede estar en cuerpo y alma en dos sitios a la vez.

Mi consejo para todos los que tiene hijos es que intenten encontrar la mejor manera de disfrutarlos en lugar de sufrirlos. Cada familia tiene la suya y su forma de alcanzar el equilibrio -que no siempre está en el punto medio (50% vida fuera de casa, 50% vida familiar)-. Después de todo, lo que nuestros hij@s se van a llevar de nosotros es todo el tiempo que hayamos podido pasar con ellos, las experiencias que hayamos compartido, lo que les hayamos enseñado o transmitido. Del resto no se acordarán. Y nosotros tampoco.

Pero todo esto, no es más que una opinión personal basada en mi experiencia. Los padres y, muy en especial las madres, tienen que escuchar con la mente abierta y no creer o seguir a pies juntillas todo aquello que les dicen los demás, tanto profesionales como familiares y amigos. Esto es algo que he aprendido con el tiempo y que alguna amiga me dijo en su momento.

Suerte a tod@s y mucho ánimo! Nadie dijo que fuera fácil (y es especialmente difícil cuando lo hacemos bien…)😘familia durmiendo

REFLEXIONES

Aprendiendo a desaprender…

tiburcio

“En aprender a pintar como los pintores del Renacimiento tardé unos años; pintar como los niños me llevó toda la vida.”
Me gusta vivir cada día con la convicción de que me acostaré habiendo aprendido algo nuevo. Este pensamiento me recarga y hace que comience el día con energía. Pero los pensamientos e ideas son sólo el comienzo; si no pasamos a la acción, se quedan sólo en eso. Lo sé porque he vivido mucho tiempo en ese impasse. Primero, sin saber exactamente qué quería hacer pero sintiendo que necesitaba hacer algo. Después, viendo sólo obstáculos y dificultades (falta de tiempo, de inspiración, de manejo de la tecnología y de las RRSS,…) y tras ellos, muchas dudas e inseguridad. Hasta que finalmente, un buen día, sin saber muy bien cómo ni porqué, empiezas a creer que aquello que deseas desde hace tanto tiempo, es posible. Posible, no fácil ni sencillo ni rápido. Tan simple y tan difícil a la vez como creer en algo como lo hacen los niños. Desterrando la palabra imposible, el “yo no puedo, no valgo, otros sí pero yo no…”.
Muchas veces, para poder aprender, los adultos necesitamos primero desaprender. Sí, necesitamos desprendernos de convicciones, prejuicios y limitaciones autoimpuestas que nos impiden dar ese primer paso, convencidos de que no podemos o no debemos hacerlo. Pero ¿y si sí podemos? ¿Y si -como dicen los pequeños- lo intentamos?
Ahora que he empezado con nuevos proyectos me encuentro ilusionada, como una niña que comienza un nuevo curso escolar. También abrumada ante todo lo que tengo que aprender de este nuevo mundo (universo, más bien) de la autopublicación. Con ganas de aprender y de hacerlo lo mejor posible pero sin miedo.
Mis mejores deseos y felicitaciones a tod@s los que habéis emprendido vuestro camino, el que os llena y os hace felices de verdad. Os deseo mucha suerte con vuestras obras y espero poder aprender, cada día, un poquito más de vosotr@s.
P.D.: La cita la he tomado prestada; es de Picasso.